Páginas

jueves, 13 de julio de 2017

Descenso a los infiernos

¡Buenas noches, queridos lectores! Hoy os traigo el relato que presenté para el concurso literario de la Universidad de Valencia (y del que no he resultado ganadora). Espero que lo disfrutéis, si bien es bastante oscuro, y no menos "gore". No obstante, en el momento en que lo escribí (y todavía hoy) considero que trata un tema social que (por desgracia) está a la orden del día en nuestra sociedad: la violencia machista. Sin más dilación, aquí os dejo el relato:


Contemplé mis manos temblorosas bañadas en un vívido rojo carmesí. El cuchillo resbaló entre mis dedos hasta caer con un golpe seco en el frío suelo marmóreo. Una miríada de imágenes se agolpaba en mi mente, pasando de una a otra a una velocidad vertiginosa. Lágrimas comenzaban a formarse en la comisura de mis ojos, nublándome la vista. Volviendo borrosa la hasta hacía unos minutos impoluta habitación. Posé la mirada sobre mis ropajes harapientos, sobre mis pies desnudos cubiertos de sangre. Tendría que frotar con brío para eliminar el rastro del crimen. Para borrar de mi cuerpo toda traza del tuyo. Los violentos recuerdos que se me habían grabado a fuego en el alma serían más difíciles de eliminar. El presente y el pasado se entremezclaban con furia en mi memoria, exigiendo mi total atención. Solo un pensamiento coherente se abría paso en mi mente trastornada: tenía que salir de allí.
        
¿Cuándo había comenzado aquel infierno? Mis febriles recuerdos se remontaron a aquella tibia mañana de abril, el sol acariciando mi piel olivácea, la suave brisa marina meciendo suavemente mi trenzado cabello. La vida había parecido tan fácil entonces. Una enorme bola de pelo había venido corriendo en mi dirección, como atraída por una fuerza magnética imparable. El dorado Labrador Retriever se abalanzó sobre mí antes de que pudiera apartarme, la taza del café que estaba tomándome en ese momento volando por los aires, antes de hacerse añicos en el suelo de la terraza.
        
—¡Hermes! —lo llamaste en un tono firme y autoritario que no admitía réplica. Un tono que en los años venideros aprendería a temer más que a la propia muerte.
        
El perro dio un salto y salió disparado, cual flecha, a tu encuentro. Durante el tiempo que permanecimos juntos siempre me pregunté si Hermes habría sufrido en algún momento la violencia de la que yo era objeto en tus manos. Si el monstruo con el que había decido pasar el resto de mi vida era capaz de torturar, mutilar y humillar a un animal inocente de la misma forma en que lo había hecho con su esposa. Pero tan pronto ese pensamiento cruzaba mi mente se desvanecía. El perro no había hecho nada para merecer ese trato, yo sí. O al menos eso me hacías creer mientras rasgabas la piel de mis muslos con un afilado cuchillo de cocina. «No volverás a ponerme en evidencia», repetías una y otra vez, una mortífera letanía que se confundía en el aire con mis desgarradores aullidos de dolor. La prístina alfombra blanca había quedado teñida por una vibrante tonalidad escarlata: la inocencia mancillada por la violencia más absoluta. La fragancia sanguinolenta había impregnado  la estancia, intoxicando mis sentidos con su metálico efluvio.
        
—Disculpe, señorita. Hermes es un perro muy impulsivo y a veces no controla su fuerza.
        
Aquella fue la primera vez que nuestras miradas se encontraron. Tus ojos, gélidos como glaciales, se posaron sobre los míos, estudiándome con un aire desafiante. Inclinaste la cabeza a un lado, una media sonrisa dibujándose en tus labios. ¿Qué rondaba por tu mente en aquellos instantes? Tal vez la promesa de una mujer dócil y obediente a tus pies. Tu mirada penetrante atravesaba mi piel, abriéndose paso hasta el rincón más recóndito de mi alma. ¿Intentabas descifrar los secretos que se ocultaban bajo mis ropajes? ¿Confundías mi timidez con sumisión? ¿Imaginabas lo bien que te sentirías cubriendo mi piel morena de cicatrices y moretones?
        
—Oh, no se preocupe —repliqué—. Parece un perro muy dócil.
        
Tu sonrisa se ensanchó entonces, dejando al descubierto unos dientes frontales algo torcidos, con las palas superiores ligeramente separadas, aunque esa pequeña imperfección siempre me había resultado atrayente. Me recordaba que eras humano, después de todo. Aunque en ocasiones te comportaras como un monstruo.
        
—Gabriel, para servirla.
        
Extendiste la mano para que te la estrechara. Era cálida, si bien áspera y rugosa, delatando la naturaleza artesanal de tu oficio. Siempre supe que no eras un intelectual, y nunca me importó, a pesar de que tú te empeñaras en creer lo contrario. Si respondía a tus reproches con palabras elevadas me tildabas de pretenciosa. Suponías que me sentía superior a ti. Y quizá lo era, después de todo.
        
—Encantada —repliqué, liberando mi mano de tu firme y opresivo apretón. Flexioné los dedos un par de veces, ligeramente adoloridos por tu férreo agarre. En retrospectiva, aquel gesto fue un augurio, una promesa envenenada de lo que vendría después—. Yo me llamo Cora.
         
Lo nuestro no fue amor a primera vista. Quizá la soledad que me embargaba en aquellos momentos fue la razón por la que finalmente decidí aceptar tu propuesta. La seguridad que mostrabas en ti mismo, y de la que yo siempre había carecido, me hacía sentirme a salvo a tu lado, protegida. Desoí las voces que se alzaban contrarias a nuestra relación. No me importó la diferencia de edad. Siempre había sido una persona muy madura, y aparentaba más años de los que en realidad tenía. Los chicos de mi edad no me atraían, se me antojaban infantiles y ególatras. En aquellos momentos de oscuridad, tu llegada fue como un regalo del cielo. Pasarían años hasta que me diera cuenta de que tu amabilidad no era más que pura fachada. Tus zalamerías, mera palabrería que se contradecía con tus repetidas palizas y vejaciones. El ángel que yo había imaginado era en realidad un demonio, y mi descenso a los Infiernos se vio completado cuando decidimos irnos a vivir juntos.
        
Ocupaste la silla vacante que se encontraba frente a mí, Hermes posándose fielmente a tus pies. Por alguna extraña razón, la devoción que el perro mostraba hacia ti me provocó un ligero pinchazo de envidia. En casa nunca se nos había permitido tener mascotas ni a mi hermana ni a mí, por lo que no estaba acostumbrada a tales muestras de amor incondicional por parte de tan fiel amigo. Un amor que yo deseaba desesperadamente para mí…
        
Desperté de repente, en la más oscura penumbra. Parpadeé un par de veces en un vano intento por ajustar la vista a la lúgubre atmósfera que impregnaba la habitación. No recordaba haber llegado a aquel lugar indeterminado por mi propio pie. No reconocía la estancia, ni las delicadas sábanas de seda sobre las que yacía. Paseé la mano por la suave tela bajo mi cuerpo, deleitándome en la fina textura del material, captando a través del tacto los detalles que permanecían ocultos en las tinieblas.
        
Tenía la cabeza embotada, como sumida en un trance hipnótico que no me permitía pensar con claridad. La ficción se confundía con la realidad. ¿Acaso estaba soñando? Pero acababa de despertar. Acababa de liberarme de los brazos de Morfeo, con quien había paseado por montañas nevadas, surcado ríos de lava y flotado en blancas y esponjosas nubes, suaves y tiernas como algodones. La oscuridad era real. La luz solo me estaba permitida en sueños.
        
Unas fuertes pisadas se acercaban con una celeridad vertiginosa. El repiqueteo de las botas contra el suelo de mármol quedaba levemente ahogado por la puerta cerrada, a mi izquierda. El corazón se me iba a salir del pecho. Sus galopantes latidos se acompasaron con tus pasos apresurados. Unos pasos que reconocería en cualquier parte. Lágrimas se agolpaban en la comisura de mis ojos, para después deslizarse suavemente por mi rostro.
        
La puerta se abrió con un golpe brusco. El chirrido de las bisagras atravesó mis oídos como un puñal envenado. Tu rostro quedó parcialmente iluminado por un foco de luz ambarino, la determinación escrita en tu gélida mirada, la violencia desdibujando la perfecta simetría de tus rasgos afilados. Me encogí de pavor, aferrando las sábanas con una fuerza inusitada, hundiéndome en el mullido colchón sobre el que me hallaba tendida. Deseando, como tantas otras veces, poder camuflarme con el mobiliario de la estancia. Volverme invisible ante tu mirada hambrienta.
        
—Te advertí lo que pasaría si volvías a desobedecerme. Podríamos haber sido felices juntos. Pero tenías que estropearlo todo. Tenías que involucrar a tu familia en esto. ¿Creías que una orden de alejamiento iba a detenerme?
        
La escasa luz que se filtraba por la puerta entreabierta arrancó brillantes destellos al cuchillo que blandías en tu mano derecha. Un cuchillo que conocía bien, pues habías marcado y desfigurado mi cuerpo con él en múltiples ocasiones. Y como tantas otras veces me sentí paralizada por la anticipación del ataque, la certeza de lo que estaba a punto de suceder. Los recuerdos en los que se apoyaba mi agitada imaginación mantenían mi cuerpo cautivo. 
        
Había sido una mañana de lo más fructífera. Por fin me había decidido a retomar los estudios, ser alguien de provecho. Quería que mi hermana se sintiera orgullosa de mí, demostrarle al mundo que podía resurgir de mis cenizas y triunfar en aquello que me propusiera. Aquellos planes habían sonado tan bien en mi cabeza. La semana anterior había hecho acopio de valor y cubierto parte de las cicatrices de mi espalda con un tatuaje del Ave Fénix. El tatuador era cliente de mi hermana, por lo que nos había hecho un precio especial. Ella había elegido un diseño más discreto, en blanco y negro, de la diosa griega Themis. «La justicia es ciega e igual para todos», solía decir, la abogada que había en ella creyendo que el sistema podría darme la satisfacción de verte por fin entre rejas.
        
Ella fue la primera en detectar las marcas en mis muñecas. Había venido a visitarme a casa una tarde, aprovechando que tú estabas en el trabajo. Nunca le gustaste. Desde el principio intuyó que había una oscuridad en ti que iría consumiendo mi luz paulatinamente, hasta conseguir que se desvaneciera por completo. Pero nunca sospechó que ese momento fuera a llegar tan pronto.
        
Su mirada contrariada se había posado primero en mis manos, describiendo una ruta ascendente hasta llegar a mis brazos, cubiertos por una fina camisa de manga larga. Me preguntó si no tenía calor. Mis mejillas, encendidas por la vergüenza y el pánico a ser descubierta traicionaron mi respuesta. Con un rápido movimiento de muñeca me remangó la camisa, dejando al descubierto los moretones causados por las cuerdas con las que solías atarme cada noche. Sus fríos dedos acariciaron las heridas, trazando intrincados patrones que trataban de ejercer sobre mí un efecto calmante. Un efecto que cada vez sentía con menor frecuencia.
        
Al principio traté de resistirme a sus súplicas, apartando de un suave manotazo sus amables gestos. Estábamos atravesando una mala racha. Tú trabajabas demasiado y eras un hombre celoso. No soportabas el hecho de que pasara tiempo fuera de casa. Tenías miedo a perderme, porque yo era la persona más importante en tu vida. Solías enumerar mis carencias como ama de casa. Tenía que poner más empeño. Trabajar en mis escasas dotes culinarias. No podía limitarme a ser una mantenida. Tenía que esforzarme por hacerte feliz, por hacer que te sintieras orgulloso de mí. Tus golpes eran la forma que tenías de mostrarme que estabas enamorado de mí. Tu forma de enseñarme disciplina.
        
Theresa se quedó de pie escuchando mis inconexas tribulaciones, la rabia apenas contenida tomando posesión de su rostro ovalado. Trató de hacerme entrar en razón. El amor no se demostraba a golpes. Pero yo me resistía a aceptar sus palabras. No conocía ningún otro tipo de amor más que el que tú me habías enseñado. Aquella tarde se marchó, ofuscada y con los ojos vidriosos de lágrimas impotentes. Tendría que haberme imaginado que su presencia no te pasaría inadvertida. Captaste la fragancia afrutada de su perfume tan pronto pusiste un pie en la casa. Tu mirada colérica se posó sobre mis manos temblorosas, aferradas al respaldo de una de las sillas del salón como si la vida me fuera en ello. Como si una simple pieza de mobiliario fuera a servirme de protección contra ti. Y quizá lo habría hecho, si hubiese tenido la fuerza, física y mental, para utilizarla como arma.
        
No volví a ver a mi hermana hasta una semana después, cuando vino a verme al hospital. La versión oficial era que me había caído por las escaleras (siempre había sido muy torpe y despistada), fracturándome varias costillas en el proceso. Theresa, la precavida abogada, había redactado una demanda de divorcio. Las letras impresas en el documento se veían borrosas y difusas, las lágrimas derramándose, cual gotas de lluvia, sobre la superficie del papel. La jerga legal se me escapaba. No podía hacerle esto a Gaby. Se pondría furioso. ¿Dónde iría si me echaba de casa? No tenía trabajo ni amigos. Te habías asegurado de despojarme de todo aquello que me definía como persona durante los años que habíamos permanecido juntos.
        
—No estás sola, Cora —me recordó mi hermana—. Todavía tienes a tu familia. Eso es algo que jamás podrá arrebatarte.
        
Ya no le tenía miedo a la muerte. Me habías convertido en una autómata. Una muñeca rota sin sueños ni metas. Ya no le tenía miedo a la muerte, pues vivía en un perpetuo estado soporífero, interrumpido aquí y allá por tus intermitentes palizas. ¿Qué sentido tenía esforzarse por sobrevivir? ¿Acaso había algo que me atara a este mundo?
        
—Podrías retomar los estudios —sugirió mi hermana—. Papá y yo podríamos ayudarte a costearlos. Después de todo, siempre fuiste la más brillante de la familia.
        
Pero ambas sabíamos que aquello no era cierto. Mi inteligencia había brillado por su ausencia en los años recientes, siendo sustituida por la fe más ciega y mortal. Sentí la yema de sus dedos acariciar mi mejilla amoratada, una solitaria lágrima deslizándose por su rostro maquillado, que aterrizó en nuestras manos unidas. ¿Había una posibilidad, por remota que fuera, de escapar de aquel infierno? ¿Me atrevería a soñar con la libertad?
        
Atravesaste la estancia con pasos elegantes y calculados, casi felinos. Tu mirada perforaba mi carne, una mezcla de desafío y cólera dilatando tus pupilas de depredador asesino. Todo el miedo que sentía hacia ti se había desvanecido de repente, el más puro odio tomando su lugar con una inquebrantable voluntad de venganza. La historia se acababa aquí. Uno de los dos iba a morir esa noche. Y no iba a ser yo.
        
Te dejaste caer suavemente sobre la cama, a escasos centímetros de mis pies. Nunca ibas directo al grano. Dejabas que la rabia te consumiera poco a poco, hasta que tomaba posesión de tu cuerpo por completo. Primero dotabas a tu voz de una textura gentil y comprensiva. Te dirigías a mí con un tono paternalista y condescendiente, como si yo no fuera más que una niña que ha cometido una falta imperdonable y necesita una seria reprimenda. A veces parecías olvidar que yo era una persona adulta, tu igual. No un ser inferior al que tenías que disciplinar.
        
—Voy a darte una última oportunidad, Cora —me advertiste con un rancio aire de solemnidad. Como si yo estuviera interesada en aceptar tu oferta envenenada. Como si tuvieras derecho a darme otra «oportunidad»—. Se acabaron los juegos. No volverás a hacerme daño. No volverás a involucrar a tu familia en nuestros asuntos privados.
        
Sentí la rabia arder en mis venas como puro fuego líquido. Los años de golpes y humillaciones volvieron a mí en forma de imágenes a cámara rápida, alimentando el odio que sentía hacia ti. Me aferré a esa determinación que durante años me había sido esquiva, y que solo había conseguido recuperar alejándome de ti. No iba a consentir que destrozaras aquello que me había costado tanto construir.
        
Las rugosas yemas de tus dedos acariciaron dulcemente la parte interior de mi tobillo, como solías hacer antes de que el horror comenzara. A veces me preguntaba si aquellas caricias enfermizas eran parte de algún ritual macabro con el que pretendías torturarme, o si esa era simplemente tu forma de deleitarte con mi cuerpo, anticipando la satisfacción que sentirías después marcándolo con una interminable sucesión de cicatrices y magulladuras.
        
—Te vi esta mañana en la cafetería con él —el venenoso desdén con el que te referiste a Mark tornó en hielo la lava que había corrido por mis venas hacía solo un par de segundos. ¿Habrías sido capaz de ponerle la mano encima? Si bien mi instinto de conservación había estado desaparecido en combate en los últimos tiempos, mi mente había compensado su ausencia desarrollando un instinto sobreprotector sobre mis seres queridos. Mark se había convertido en un pilar fundamental durante mi recuperación, animándome a retomar los estudios de Bellas Artes. Incluso a diseñar mi propio tatuaje. Tendría que haberme figurado que, a pesar de la orden de alejamiento, seguirías monitorizando cada uno de mis movimientos. Tendría que haberme dado cuenta de que la pesadilla no terminaría hasta que te hiciera desaparecer definitivamente de la faz de la tierra.
        
—No tengo por qué justificarme ante ti, Gaby —repliqué, lágrimas de rabia e impotencia pugnado por abrirse paso a través de mis ojos—. Lo nuestro, si es que alguna vez hubo algo entre nosotros más allá de violencia y sumisión, se ha terminado. Está roto. Tú te encargaste de destruirlo.
        
La perplejidad que se apoderó de tu rostro ante mi inesperada y airada respuesta se vio incrementada cuando aparté tus dedos de mi tobillo con un manotazo nada sutil. Tus amenazas nunca antes habían sido respondidas. Tus reproches siempre habían sido aceptados con lágrimas en los ojos e innumerables disculpas por mi imperdonable conducta. La fortaleza y determinación que ahora mostraba te pilló totalmente desprevenido. Y yo utilicé esa pequeña baza en mi beneficio, tal y como Mark me había enseñado.
        
Fijo las palmas de mis manos en el duro colchón, tomando impulso para golpear tu pecho con las plantas de los pies. Caes al suelo de espaldas. Tu cabeza impacta contra el elegante suelo marmóreo, produciendo un ruido sordo que es música para mis oídos. Un gemido de dolor escapa de tus labios, mas no me permito saborear la victoria tan pronto. Me incorporo de un salto, buscando desesperadamente entre las sombras el cuchillo que traías contigo. Tu mano agarra mi tobillo, zarandeándolo violentamente hasta hacerme caer al suelo a tu lado. Mi mano busca a tientas el cuchillo, al tiempo que mis piernas lanzan patadas al aire, en un vano intento por liberarme de tus garras. Mas no permito que la desesperación haga mella en mí. No he llegado tan lejos para desfallecer ahora.
        
—¿Crees que eres lo suficientemente fuerte como para vencerme? —una lúgubre carcajada vibra en mi mano a través de tu pecho—. Nunca lo fuiste, Cora. Por eso te elegí. Nunca fuiste capaz de valerte por ti misma. Nunca pudiste defenderte de mí. Tu hermana te ha metido ideas en la cabeza que no son más que castillos en el aire. Cuando despiertes, y te des cuenta de que todo esto no era más que un sueño, la caída será terrible. Y yo no estaré ahí para recogerte.
        
Concentro en un puño todas mis energías y golpeo con él tu pecho ingrato. Un aullido de dolor desgarra tu garganta. Mi pie impacta contra tu estómago, una y otra vez, como tú tantas veces hiciste conmigo en el pasado. Me arrastro por el frío suelo, en busca del cuchillo o de algún objeto contundente con el que poder defenderme. Tus uñas afiladas desgarran la piel de mis pantorrillas, y siento la sangre brotar de mis heridas abiertas, refrescando en su viaje descendente cada centímetro de piel descubierta.
        
Mis dedos entran en contacto con el mango del cuchillo. Me aferro a él como si la vida me fuera en ello. Mi vida depende de ello. Golpeo tu mandíbula con la base del arma doméstica. Te encojes de dolor, sujetando tu rostro con ambas manos. Consigo ponerme de rodillas, mis ojos se encuentran al mismo nivel que los tuyos. Observas en ellos la determinación y la sed de venganza que me consumen. Por primera vez, creo advertir en los tuyos un atisbo del miedo que tú infundías en mí. La primera puñalada te pilla desprevenido. La sangre mana de tu pecho como una cascada escarlata. Me quedo contemplándola, hipnotizada. La segunda es más certera, directamente en el corazón, de la misma forma en que tú destrozaste el mío. Pierdo la cuenta de cuántas veces la hoja penetra tu carne. Un frenesí sanguinario ha tomado posesión de mi cuerpo y no me permite poner fin a la carnicería, hasta bien después de que exhales tu último aliento. 

        
Contemplo mis manos temblorosas bañadas en un vívido rojo carmesí. El cuchillo resbala entre mis dedos hasta caer con un golpe seco en el frío suelo marmóreo. La fragancia sanguinolenta impregna  la estancia, intoxicando mis sentidos con su metálico efluvio. La inocencia ha sido mancillada por la más absoluta violencia. Solo un pensamiento coherente se abre paso en mi mente trastornada: tengo que salir de aquí.

sábado, 1 de julio de 2017

The White Tuxedo

“Lo he visto antes en algún lugar”, pensé, al tiempo que mis ojos se posaban con disimulo sobre su esbelta figura. Estaba un noventa por ciento segura de que no se trataba de un miembro de la policía científica. Dada su apariencia atlética y robusta, todo parecía indicar que estaba más bien acostumbrado al trabajo físico, si bien es cierto que varios miembros de mi unidad se mantenían en buena forma, sin dejar por ello de ser ratas de laboratorio. “Quizá James ha trabajado en algún caso con él”, aventuré, “y por eso me resulta tan familiar”. Detuve la mirada unos segundos sobre su estrecha cintura. El tuxedo color blanco se ceñía a ella con una precisión exquisita, como si se tratara de un guante de piel hecho a medida. Un molesto hormigueo comenzó a extenderse por mis dedos, al tiempo que un anhelo irracional tomaba posesión de mi cuerpo. Imaginaba cómo sería el tacto de aquella tela blanca entre mis dedos, lisa y aterciopelada, carente de imperfecciones. El hormigueo se hizo más intenso, instándome a que extendiera los dedos hacia la prístina tela…
            
—Disculpe, señorita —una sorprendida voz de barítono me devolvió bruscamente a la realidad. Parpadeé dos veces, como si eso fuera a ayudarme a superar el estado de embeleso en el que me había visto sumergida, tan sólo unos segundos atrás—. Su rostro me resulta familiar. ¿Nos hemos visto antes?
            
Alcé la vista de forma que pudiera mirar directamente a los ojos de mi interlocutor. El portador de aquel traje de ensueño estaba dirigiéndose a mí. A pesar de su semblante serio e imponente, sus ojos transmitían un aura de mofa y diversión, como si estuviese disfrutando de una broma privada. “¿Y si se ha dado cuenta de que me he quedado embobada mirando su traje?”, aposté, al tiempo que sentía una fuerte ola de calor posarse sobre mis mejillas. El extraño sonrío, mostrando una fila de dientes cuyo esmalte parecía verse seriamente dañado, muy probablemente por el frecuente consumo de tabaco. Reprimí una mueca de aversión. Mi dentadura estaba muy lejos de ser perfecta y, por tanto, no tenía derecho a juzgar la de los demás, me recordé. Fijé la vista de nuevo en sus ojos, sólo para detectar una nueva imperfección en su physique: al sonreír, unas finas líneas de expresión se habían formado en las comisuras de los mismos. “Debe de rondar los cuarenta”, sentencié, para a continuación recordar que aquel extraño acababa de hacerme una pregunta. La musicalidad de su acento no dejaba lugar a dudas, el extraño de dientes amarillos era irlandés, y, al parecer, también le sonaba mi cara.
            
—Eso creo, señor —repliqué, esforzándome al máximo para que la voz me temblara lo menos posible. Nunca se me ha dado demasiado bien eso de lidiar con desconocidos—. Pero me temo que ahora mismo no consigo ubicarle. ¿También se dirige a la fiesta? —añadí, señalando con la mano su elegante traje. El extraño asintió.
            
—El capitán tiene la mala costumbre de organizar una fiesta cada vez que a su mujer se le ocurre donar fondos para alguna causa benéfica —replicó molesto—. Si tanto le preocupan los pobres, que los acoja en su casa, o les dé la mitad de su fortuna, en lugar de dar discursos vacuos ante una multitud de hipócritas vestidos de Armani.
            
La dureza de sus palabras me recordó al fervor enfurecido con el que James solía describir a la esposa de nuestro capitán. A pesar de que llevaba algo más de dos años trabajando en la comisaría de Ravensville, un pequeño pueblecito situado al norte del condado de Lancaster, ésta era la primera vez que el capitán había tenido a bien invitarme a una de las famosas fiestas benéficas de su mujer. Para la ocasión me había puesto uno de los elegantes vestidos que mi tío solía enviarme desde París, y que yo había relegado sin remordimiento alguno al baúl destartalado y lleno de polvo que conservábamos en el desván. Charlaine había recogido mi larga melena azabache en un moño alto que, según ella misma afirmaba, acentuaba mis rasgos aniñados. Una gruesa capa de maquillaje ocultaba al mundo mi eterna palidez, al tiempo que me hacía parecer una persona totalmente diferente. No me reconocía en el espejo del ascensor. La extraña que me devolvía la mirada no podía ser Victoria Dubois. “James tenía razón después de todo”, sentencié. “El secreto para encajar en este tipo de eventos es disfrazarse de payaso y comportarse como tal”.
            
—¿Trabaja usted para la científica? —preguntó directamente, tras unos segundos de intenso escrutinio. La brusquedad con la que había formulado la pregunta me pilló un poco por sorpresa, si bien aquel extraño de acento irlandés no parecía ser la clase de persona que se anduviera por las ramas.
            
—Así es. Soy Victoria Dubois, médico forense del turno de día —me presenté, al tiempo que le tendía la mano para que me la estrechase.
            
—Aidan O’Connor —replicó, apretando mi mano suavemente, pero con firmeza—, detective del turno de noche.
            
Todo pareció encajar en ese momento. Por supuesto que no lo había reconocido en aquel traje tan caro y ostentoso. Se había afeitado la descuidada barba pelirroja y desenredado la enmarañada cabellera rizada que había captado mi atención unos meses atrás. Sus penetrantes ojos color turquesa lucían ahora despiertos y vigilantes, en lugar de inyectados en sangre, como solían estar cada mañana en el ascensor de la comisaría. No cabía duda de que Aidan era un ave nocturna. Posé la mirada sobre su impoluta camisa blanca, que había sustituido a sus raídas camisetas de Iron Maiden y Metallica.
            
—Usted trabaja con John Silver —no era una pregunta. La rivalidad entre los tenientes Silver y Martínez era legendaria. Nadie tenía las agallas de comentarla en voz alta, pero los miembros de ambos equipos eran lo suficientemente inteligentes como para no confraternizar. Hasta ahora.
            
—Y usted trabaja con Jennifer Martínez —concluyó, una sonrisa traviesa dibujándose en su rostro—. Me temo que no la había reconocido sin sus sudaderas de gatos y sus vaqueros azules. Aunque debo reconocer que el color de este vestido realza considerablemente el tono de su piel.
            
¿Se estaba mofando de mí? Quizá estuviera deleitándose en el dulce sabor de la venganza por todas las veces que James le había dirigido una mirada desdeñosa y amenazante. A pesar de ser afroamericano, y de haber vivido el racismo en su propia piel, James había desarrollado un odio patológico hacia todo aquello que fuera irlandés desde que el novio de Charlaine la hubiera dejado embarazada dos años atrás. Patrick se había marchado poco después de que diera a luz, dejándola sola, sin dinero, y con un hijo al que alimentar. Aidan le recordaba al que había sido su cuñado, el mismo acento engañoso, el mismo tono de pelo, el mismo país de origen. James había decidido que ese hombre no era de fiar.
            
—Debo confesar que yo tampoco lo había reconocido a usted, pues hoy va elegantemente ataviado, y hasta parece que se ha duchado.
            
Aidan soltó una carcajada divertida ante mi comentario que, lejos de haberlo ofendido, pareció simplemente haberlo cogido por sorpresa. Charlaine solía decirme que la gente tendía a hacerse una idea equivocada sobre mí basándose en mi apariencia. Mi rostro angelical y atuendo infantil les llevaba a pensar que era una muchacha tímida e inocente, con escasas habilidades sociales. Por eso, cuando tenían la oportunidad de conocer a mi verdadero yo, solían comprobar con asombro que sus predicciones acerca de mi personalidad habían resultado ser, en su mayoría, poco acertadas.
            
Después de lo que me había parecido una eternidad, el ascensor llegó por fin a nuestro destino. El capitán había escogido el salón de eventos del hotel Ice Palace, situado a las afueras del pueblo, para acoger a los doscientos invitados que iban a donar parte de sus fortunas con el fin de hacer del mundo un lugar mejor. Posé la mirada de nuevo sobre mi acompañante, específicamente en su costoso esmoquin, y me pregunté de dónde lo habría sacado. Un detective de la comisaría de Ravensville no podría permitirse un traje tan caro, ni aun ahorrando todos sus sueldos durante el resto de su vida. Quizá se lo habían prestado, o a lo mejor se trataba de un traje alquilado.
            
—Es de mi padre —indicó, como si hubiera seguido mi línea de pensamiento y quisiera satisfacer mi curiosidad—. Es su traje de bodas. Mi abuelo se lo regaló, y lo ha conservado desde entonces. Suerte que somos de la misma talla —añadió, una sonrisa amable dibujándose de nuevo en su rostro.
            
Aparté la mirada, muerta de vergüenza. ¿De verdad mis pensamientos eran tan fáciles de leer o es que el detective O’Connor tenía poderes telepáticos? A juzgar por las veces que mi falta de discreción nos había metido a Charlaine y a mí en algún que otro lío, me incliné por la primera opción. En el futuro, debía tener más cuidado en camuflar mis emociones. Sólo esperaba que mis suposiciones acerca de su poder adquisitivo, o la falta del mismo, no hubieran ofendido a Aidan.
            
—He oído que es usted hispano-francesa —confesó, ofreciéndome su brazo con gentileza. En cualquier otra ocasión habría rechazado educadamente tal ofrecimiento por parte de un extraño, pero dada mi falta de práctica en el arte de caminar con tacones, me vi obligada a aceptarlo con presteza. Mi nuevo amigo esbozó una sonrisa triunfante con disimulo, al tiempo que entrábamos por primera vez en la enorme sala de banquetes.
            
—Así es. Nací en España, pero he pasado gran parte de mi vida en Francia, con mi tío y mi primo.

            
Busqué a James con la mirada a través de la abarrotada estancia. La suya se posó sobre mi acompañante, una mueca de asco formándose en su rostro al instante. Tragué saliva en un intento por deshacer el nudo que se había formado en mi garganta. Poco podía imaginar que aquél no sería el único sinsabor que nos depararía la noche…

domingo, 25 de junio de 2017

Les feuilles mortes

¡Buenas noches, queridos/as lectores/as! Tras varios años desaparecida de la escena bloggera y literaria, he decidido volver con un nuevo blog, ya que tengo nuevas ideas y estoy trabajando en algunos proyectos que me encantaría compartir con vosotros/as. Creo que en estos años he evolucionado mucho, tanto en el aspecto personal como en el creativo, y espero que aquéllos que me conocías como "Athenea Escritora" en mis tiempos de "Athenea's Corner" y "Fight for Rock" sepáis ver dicha evolución en mis nuevos textos. También me gustaría señalar que en los últimos meses he pasado por una serie de situaciones personales bastante estresantes y desagradables, por lo que es probable que mis algunos de mis textos reflejen esa oscuridad. Como muchos/as sabéis, siempre he utilizado la escritura como una especie de terapia gráfica, por lo que mi regreso en este preciso momento es lejos de ser casual.

En lo tocante a esta nueva etapa bloggera, me comprometo a subir al menos dos relatos cortos al mes. De hecho, tengo ya algo de material preparado para compartir con vosotros/as. Sin más dilación, os dejo con el primer texto que he preparado para este nuevo blog. Espero que lo disfrutéis.

Este relato fue escrito hace algunos años, pero no había visto la luz hasta ahora. Tras algunas modificaciones de estilo, éste es el resultado:


Paris, octubre de 2010
            
Río Sena (París). Foto tomada por mí (2013).
Nos conocimos en una fiesta. Las alegres tonalidades veraniegas habían dejado paso a tonos más grisáceos y anaranjados, salpicados aquí y allá por marrones decadentes y verdes difuminados. Las calles se iban cubriendo poco a poco con el oscuro manto de hojas caídas, mientras el frío Sena enamoraba a los turistas con su melancólico y sombrío semblante. Sentí el efecto vigorizante de la ciudad entremezclarse en mis venas con la incertidumbre sobre el futuro. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que viniera a buscarme? ¿Cuántos lugares más tendría que recorrer para ocultarme de él, en vano? Porque él siempre me encontraba, sin importar dónde ni con quién me hallase. Una no podía escapar del miedo más voraz, ni aunque viviera doscientos años. Tarde o temprano tendría que enfrentarme a él de nuevo, y sólo restaba la esperanza de que esta vez yo fuera más fuerte.
            
Me aferré con fuerza al brazo de mi acompañante e inspiré profundamente antes de encaminarnos hacia la entrada de la sala principal. Jacques y yo quedamos parcialmente cegados por la vibrante luz de las llamas procedentes de los candelabros repartidos por toda la estancia, y que casi conseguían que la noche fuera más brillante que el día. Me agarré con más fuerza a mi amigo, los nervios abriéndose paso desde la boca de mi estómago y extendiéndose vertiginosamente a cada célula de mi cuerpo. Jacques me dedicó una sonrisa cálida, llena de seguridad, que me infundió ánimos, si bien no consiguió disipar plenamente la inseguridad que me invadía. Me atreví, no obstante, a pasear la vista con curiosidad a lo largo de la estancia, quizá esperando encontrar a algún conocido que me hiciese la noche más llevadera. Fue entonces cuando reparé en el revuelo que se había formado en el centro de la sala. Había un grupo de personas formando un círculo alrededor de un hombre de aspecto mortífero y muy poco afable.
            
Jacques, est-ce que tu connais cet homme-là? [1]
            
Mi acompañante siguió la dirección de mi mirada y negó con la cabeza.
            
Non, ma petite. Je ne le connais pas [2].
            
Un grupo de muchachas a nuestra derecha alzó la vista hacia nosotros en un claro gesto de desaprobación. Una de ellas, la que parecía más joven, le susurró algo al oído a su compañera de la izquierda. Ésta asintió y ambas se separaron del grupo, esbozando una sonrisilla de suficiencia, al tiempo que se dirigían hacia nosotros. “Se trata de Jacques”, aventuré. “Lo han reconocido”. A pesar de su feliz matrimonio con la italiana,  la infidelidad era algo habitual para el actor que, si bien hacía ya algunos años que había sobrepasado la línea de los cuarenta, seguía conservando todavía el encanto y atractivo de su juventud. Jacques, como el buen vino, mejoraba con los años.
           
Jacques, pourquoi est-ce que tu m’as emmenée ici ? [3]
            
El francés me dedicó una sonrisa triste y compasiva. Sus ojos se posaron en mi brazo, que ahora se aferraba tembloroso al suyo, y una solitaria lágrima se deslizó por su mejilla. Un carraspeo a nuestra espalda rompió el contacto visual. Jacques apretó entonces mi muñeca con tal fuerza que temí que fuera a partírmela en dos. Aquélla era una muestra inequívoca de que la forma que las damas habían tenido de abordarlo no había sido en absoluto de su agrado. Como buen francés, Jacques detestaba profundamente la falta de educación.
            
—Buenas noches, Jacques —saludó la más alta en un inglés rudimentario, alzando la barbilla de forma altanera—. Mi amiga y yo somos…
            
—Señor Neveu, si no le importa —la interrumpió mi amigo de forma inmediata, rezumando acritud por cada poro de su piel—. Que yo recuerde, no le he dado permiso a usted para que se dirija a mí de otra forma.
            
La muchacha se quedó paralizada como una estatua de hielo, los labios entreabiertos formando unas palabras que habían quedado atascadas en su garganta. Sus mejillas encendidas cual antorchas parecían confundirse con el rojo escarlata de su vestido, tal era la vergüenza que la embargaba. Jacques inclinó la cabeza hacia ella para dirigirle una última mueca desdeñosa antes de continuar nuestro camino hacia la otra punta de la sala.
            
Camareros ataviados con trajes de época salpicaban la estancia, ofreciendo a todo aquel con quien se tropezaban un canapé o una burbujeante copa de champagne francés. Mientras caminábamos pude estudiar con más detenimiento a aquél que suscitaba tal alboroto. Era un muchacho más bien alto y desgarbado, quizá algo más bajo que Jacques, aunque no por ello con una porte menos elegante. Sus rasgos faciales parecían claramente nórdicos, al igual que la larga mata de cabello cobrizo, que parecía desdibujarse en intrincados rizos que le caían en cascada hasta la altura de los hombros. Él también iba disfrazado, siguiendo la temática de la fiesta, con vestiduras barrocas de suaves tonalidades avellanadas, quizá algo recargadas, aunque de un gusto exquisito. El alcohol había tejido sobre sus pálidos ojos verdosos una neblina enajenante que lo hacía parecer más un espíritu de otro mundo que un hombre de carne y hueso. Unos ojos… esos ojos… Parpadeé varias veces, intentando enfocar la vista a pesar de la luz parpadeante de las velas. Fue entonces cuando reparé en que mi objeto de estudio se había dado cuenta de mi escrutinio. Aquel hombre tan peculiar me dedicó una sonrisa cómplice, al tiempo que alzaba su mano en mi dirección en un gesto de invitación.
            
Aparté la mirada de forma inmediata para después enterrar el rostro en brazo de Jacques. Hacía tiempo que no pasaba tanta vergüenza. Sólo esperaba que nadie se hubiese dado cuenta de mi indiscreción, especialmente Jacques, que no veía con buenos ojos aquella clase de comportamiento tan pueril.
            
—Jacques, ¿podemos irnos ya a casa? —insistí, aun a riesgo de parecer una niña malcriada. Mi acompañante se quedó mirándome con cara de pocos amigos. Le había hecho una promesa antes de salir de Madrid, y había tardado menos de seis horas en romperla. Estaba a punto de soltarme uno de sus sermones sobre lo intolerable de mi conducta, cuando un hombre al otro lado de la sala le hizo un gesto con la mano. Jacques pareció abatido.
            
—Es James Martin, el productor neoyorquino del que te hablé. Al parecer, está interesado en hacer la película, pero sólo si traducimos el guion al inglés —pronunció la última palabra con tal desdén que casi temí que algún angloparlante lo escuchara y se sintiera ofendido —. Con lo cual, por cierto, no estoy para nada de acuerdo.
            
Habíamos hablado de aquello cientos de veces. Si hacíamos la película en inglés tendríamos la posibilidad de llegar a un público más amplio y con ello duplicar los beneficios, pero Jacques temía que los productores hollywoodienses fueran a darle a la película un toque demasiado edulcorado y comercial.
            
—Iré a ver qué quiere.
            
Estaba a punto de replicar que iría con él para negociar las condiciones del contrato, pero se marchó antes de que pudiera pronunciar palabra. Jacques era un zorro viejo, le gustaba que las cosas se hicieran a su manera, y no estaba dispuesto a permitir que yo interfiriera en sus planes. La película se rodaría en francés, o no se rodaría. Solté un suspiro exasperado, apretando las manos en un puño. Eso me pasaba por hacer negocios con un francés engreído y egocéntrico que no mostraba ningún respeto por mi trabajo. Claro que ese francés engreído también era mi mejor amigo, el único que me quedaba. Y no sólo eso. Jacques era la persona que me había sacado de aquel agujero y me había devuelto a la civilización…
            
Excuse me, my lady, but your face sounds familiar. Have we met before? [4]
            
Me di la vuelta despacio en dirección a mi interlocutor, intentando captar la procedencia de su acento. Era el muchacho de antes, más borracho de lo que debiera, con una botella de vino tinto en su mano derecha.
            
I don’t think so, sir [5].
            
Quizá fui demasiado cortante y no me dirigí a él con el debido respeto, pero había algo en el conjunto de su persona que no me transmitía buenas vibraciones. Decidí ignorarle y buscar en la mesa de refrigerios un poco de zumo, pues no había ingerido alimento alguno desde que bajáramos del avión, y estaba empezando a invadirme la familiar sensación de desmayo de la que el médico me había prevenido.
            
Are you an American actress? Your accent is clearly British, but you look like a Mexican… [6]
           
Me di la vuelta y ahí estaba de nuevo aquel muchacho importunándome con sus tonterías. Lo fulminé con la mirada sin dignarme a contestarle, pues lo último que necesitaba en aquellos momentos era que ese excéntrico personaje me reconociera y corriera la voz entre los asistentes. Mi objetivo principal en aquel antro de perdición seguía siendo pasar desapercibida y volver a casa con vida al final de la noche.
            
My lady —insistió el borrachín, tratando de captar mi atención poniendo una mano sobre mi hombro—, you look a bit tired. Would you like me to take you home? [7]
            
Estuve a punto de responderle una grosería, pero me contuve. Me serví un vaso de zumo de melocotón y me alejé de ese indeseable todo lo rápido que mis tacones de aguja me permitieron. Busqué a Jacques con la mirada. Ya no se encontraba con el productor. El móvil me vibró dentro del diminuto bolsito de mano plateado que Mónica me había obligado a comprar. Era un mensaje de Jacques. Había conocido a una rubia espectacular y pensaba pasar el resto de la noche con ella. Tendría que regresar sola al hotel. Solté un juramento entre dientes antes de guardar el móvil de nuevo en el bolso. Ese francés del demonio me la había vuelto a jugar.
            
Excuse me, my lady, but I think you should probably sit down and relax because you look rather pale. Can I get you something to eat?[8]
            
Aquel muchacho había sobrepasado ya los límites de mi paciencia. Dejé el vaso de zumo sobre la mesa y me giré para enfrentarme a él cara a cara, pero el movimiento fue tan brusco y repentino que me cortó el aire. Me tropecé y caí de bruces sobre aquel desgraciado, que me asió con fuerza de las muñecas, evitando así un impacto contra el frío suelo.
            
And I thought I had too much to drink! —exclamó, antes de soltar una carcajada un tanto grosera— My lady, I think you should go home and sleep it off [9].
            
En condiciones normales aquella sugerencia me habría ofendido en grado sumo, y más viniendo de un personaje como aquél, pero en aquellos momentos no tenía fuerzas ni para mirarle con indignación. Me agarré a su camisa con todas mis fuerzas, ignorando deliberadamente el grupo de gente que había empezado a congregarse a nuestro alrededor. Estaba a punto de desmayarme, y antes de que eso ocurriera tenía que darle el número de Jacques para que pudiera venir a buscarme y llevarme al hotel enseguida.
            
Sir… —le susurré al oído, la voz entrecortada por la irremediable pérdida de consciencia —I need… help… You have to call my… my… [10]
           
Luego todo se volvió negro.




[1] — Jacques, ¿conoces a ese hombre de allí?
[2] — No, pequeña. No lo conozco.
[3] — Jacques, ¿por qué me has traído aquí?
[4] — Disculpe, mi señora, pero su rostro me resulta familiar. ¿Nos hemos visto antes?
[5] — No lo creo, señor.
[6] — ¿Es usted una actriz americana? Su acento es claramente británico, pero parece mexicana…
[7] — Mi señora, parece un poco cansada. ¿Le gustaría que la llevara a casa?
[8] — Disculpe, mi señora, pero creo que probablemente debería sentarse y relajarse porque parece usted algo pálida. ¿Puedo traerle algo de beber?
[9] — ¡Y yo que pensaba que había bebido demasiado! Mi señora, creo que debería usted irse a casa a dormir la mona.
[10] — Señor… Necesito… Ayuda… Tiene usted que llamar a mi… A mi…